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contaminación lumínica. cómo reducir, apagar y vivir mejor.

Alvarín Alvarín  •  07/04/2020  •    Sin comentarios
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Código de la propuesta: MAD-2020-04-27590

Madrid es la ciudad de Europa que más brilla. La luz también es ruido. Derroche de dinero y energía Deterioro del medio-ambiente Crítica y propuestas

Madrid es la ciudad de Europa que más brilla.

Solo la mitad de esta luz basta y sobra para ver dónde uno pone el pie.

 

La contaminación lumínica no solo aporta al calentamiento global, sino que, más allá, afecta muy gravemente nuestra salud.

El gasto en tanta luz es injustificado. Se trata de una inversión que pierde por todos lados.

El mal-gasto de la energía de la que (no) disponemos, - que producimos y compramos - habla de una sociedad derrochona y atontada por el miedo. Preguntémonos, también, de dónde sale la luz con la que tan excesivamente iluminamos. Digno de abrir otra propuesta (nuclear (adquirida a Francia mayormente), embalses, etc).

 

Echar una mirada a la imagen que acompaña esta petición, basta para ver que Madrid no luce, sino que arde. El ¿por qué?

Somos una sociedad muchas veces rancia y tantas más, presa del miedo. No puede ser el miedo el que rija nuestras vidas. Así tampoco lo ha de ser el que decida como damos luz a nuestras noches.

 

https://www.youtube.com/watch?v=U02w67OLyzk    8:30 min

https://www.youtube.com/watch?v=47dsAK2Jshw    11:07 min

 

La Ciudad de la Luz

Tener las calles iluminadas, es señal de progreso desde que Luis XIV empezara a implantar el alumbrado público en París en 1667. Nació la Ciudad de la Luz. Sin duda fue un gran avance por motivos obvios. En la noche, se vía por dónde se caminaba (en especial en invierno, cuando oscurece temprano); guía de los borrachos, que, en menor porcentaje,  agotaban sus vidas en zanjas o canales. Provocó, así mismo, un notable descenso de la criminalidad. Atracos, actos violentos, asaltos, robos de comercios y demás. Pero esto, tan solo por un período.

 

La luz espanta a los demonios o la luz como espantapájaros

A modo instintivo, imponemos esta mito-certeza a nuestra convivencia aún hoy. Es posible que sea así, que a más luz menos criminalidad. Pero no es que de estallar la bombilla a máxima potencia, acabáramos con la criminalidad.

Se trata aquí, de una técnica de persuasión. Los grises aplicaban conocidos métodos de persuasión sobre los estudiantes de la Complutense: a tiros y bastonazos mantenían el orden impuesto. Pero estos tiros y bastonazos, no mantuvieron ni a Franco ni a la Dictadura en vida mucho más. En otras palabras, se le puede ganar tiempo al tiempo. Pero la persuasión no es método ni técnica para vencer con ella un problema social. Así que, dejemos a un lado las paranoias y volvamos a la senda luz.

 

En tiempos de crisis periódica, nos sobra el exceso

¿No bastaría por tanto con mucha menos luz en nuestra ciudad? ¿La justa e indispensable para circular a pie o en coche con seguridad?

El problema de muchas de las luminarias es que son inadecuadas, inútiles y contraproducentes en si mismas. Pongamos ejemplos:

1. Las farolas de tipo imitación-histórico de hierro fundido. Por su altura, coinciden en más de la mitad de los casos, con la altura de las copas de árboles y arbustos como los ligustres, por poner un ejemplo. Por lo que acaban por iluminar el interior de una planta y poco o nada el suelo sobre el que se amarran. Todos los elementos decorativos y, sobre todo, la rejilla de protección bloquean la salida de la luz. Por lo que su eficiencia se reduce en mucho y el gasto en energía-‘inútil’ se acrecienta. Las pantallas-filtro de color amarillo que impiden la salida de luz de color azul (nociva para nuestro sueño), filtran, o más bien, bloquean de nuevo más de la intensidad de la luz emitida en inicio.

2. Las farolas de carretera, muy altas, de arco. Son el tipo de farola en la que se enredó el paracaidista en el Día de la Raza de 2019. Son las que encontramos en calles anchas, fuera del preciosísimo Centro. Por ejemplo, la Castellana o Arturo Soria. Igual de deficientes que las que siguen. Pasemos por tanto al siguiente ejemplo.

3. Las farolas tipo carretera amarradas a las fachadas de las casas. Estas farolas son de gran potencia. Se usan mayormente en barrio arrabaleros, allí donde vivimos la mayoría. Barrios en los que tampoco la Carmena invierte, tampoco como los otros. Y por tanto se privan de las ya citadas bellezas de hierro fundido, falso-históricas del Centro. Por su potencia, bastaría una a cada 10 metros. En cambio, encontramos una a cada 4, máximo 5 metros.

 

La luz también es ruido

La mayoría de las farolas, si no todas, emiten una luz de color amarillo. Esto se debe a que la luz azul no nos permite dormir bien por varios motivos, entre ellos que no somos capaces de segregar la hormona del sueño, la melatonina. Esto no quiere decir que a luz amarilla, solucionado el problema.

Menos algún niño, todos dormimos mejor sin luz: a oscuras. Donde mejor que en el campo. Silencio y oscuridad. Nadie pretenderá vivir en la ciudad como se vive en el campo. Pero todos - aunque algunos nos lo neguemos en continuo - aspiramos a un ideal, para así, al menos,  llegar a lo mejor (en el sentido superlativo: mejor qué). El ruido en la ciudad en horas de descanso, debería de ser tan poco, como para poder dormir con la ventana abierta y la habitación ventilada. Igualmente debería ser posible dormir con la persiana levantada.

Todos los tres tipos de farola que menciono antes están, uno pensaría que a modo de conspiración, situadas a la altura de una primera o segunda planta de un edificio. Aquí es suerte, si tamiza su brillo un ligustre. A causa de esto, en la mayoría de los casos, la luz en el dormitorio (naturalmente solo si es exterior), es igual a dormir con la luz de la mesilla prendida. Por tanto, nunca conseguimos descansar bien. Consecuencia de esto, es un grave deterioro de nuestra salud, resultando en problemas cardiovasculares, pulmonares y neurológicos y dolores musculares.

 

A voz de pronto y sin ser un técnico en el asunto

Sería por tanto recomendable, cambiar los puntos de luz, la colocación de las luminarias en la tridimensionalidad del espacio público urbano. Quiero decir, que no solo sería cosa de desmontar alguna farola. Sino de rebajarlas en altura, de colocarlas en puntos estratégicos, de disponer de diversos tipos para iluminar puntos de muy diversas características. No es lo mismo iluminar un portal de una casa unifamiliar o una calle de una urbanización de casas unifamiliares (con mucho menor tránsito y por tanto uso. Probablemente casi ningún uso de noche) que una boca de metro o una arteria principal de comunicación de la ciudad. Tampoco es lo mismo dar luz a un cruce o un paso de peatones que al cagadero de perros en un parque periurbano. Así tampoco es igual iluminar una calle con árboles bajos, que una con árboles altos; que iluminar las calles de un polígono industrial, que las de una calle de edificios de vivienda de varias plantas. Por seguir citando e introducir otro elemento, el tiempo, no es lo mismo iluminar a las 10 de la noche un barrio financiero que la Cava Baja.

 

Además, quiero exponer aquí, que, aunque sea provechoso económicamente por su rentabilidad en respecto al turismo, iluminar fachadas de edificios, sea por su carácter simbólico o como muestra de poderío, es absolutamente irresponsable. Sea esto para con las arras públicas, como para con el medio-ambiente.

Abanemos ese mal hábito de la vanidad. Mientras tanto, a partir de una hora acordada, sería recomendable desconectar la iluminación de edificios tal como los anuncios lumínicos hasta la noche siguiente.

 

España y así también su capital, son acérrimos enemigos de los estudios. Y las estadísticas sin más, son, si suerte de ser ciertas, parciales e inútiles si no las acompaña un estudio que de contexto a la ensalada de cifras y gráficos. La Filosofía Nacional, es decir ‘el pelotazo’, no es amiga de los estudios, ni del raciocinio, ni del pensamiento a largo plazo. Así pues, pretender que el ayuntamiento de Madrid gaste recursos en exhaustivos y detallados análisis y propuestas de cómo mejor gestionar y efectuar la iluminación del espacio público urbano, es una quimera. Aunque no imposible.

 

A medio camino entre la chapuza y el ideal

Al menos, por el momento, convendría proponer al ayuntamiento hacer un estudio muy sencillo.

Apaguemos de cada dos farolas, una, dejando solo como estaban las que dan luz a lugares de importancia, como salidas de metro, estaciones de trenes, hospitales, y demás.

Apaguemos todas las luces de alumbrado público en zonas vacías, es decir, polígonos, jardines y demás. De querer mantener el Retiro abierto (en verano) hasta la media noche, se habilitaría un corredor de luz, es decir, mantener iluminadas a media fuerza, los paseos principales para facilitar el paso a través de los conciudadanos.

Reducamos a una de cada tres, las farolas prendidas pasada una cierta hora de la noche, haciendo diferencia entre fin de semana y laborales. En términos generales, reducir la potencia de las farolas.

 

La responsabilidad de cada uno

Sería ampliable esta propuesta al ámbito privado. Sería muy recomendable dar ejemplo por parte de las instituciones y lo común. Apelar, acto seguido, a la conciencia de cada uno y de los diversos colectivos que componen nuestra convivencia.

En especial, sería el caso de concienciar a las comunidades de vecinos de la necesidad de sustituir las famosas farolas de bola por luminarias modernas y eficientes. Así mismo, que se planteen de cuáles y cuántas luces deshacerse. Pongamos fin a un mar de farolas en urbanizaciones: junto a piscinas cerradas en invierno, en pistas de tenis sin uso. De menor impacto, pero digno también de plantearse: cuánto sea de importante iluminar su portal, si bien ya se ve gracias a la luz pública urbana que lo rodea. ETC ETC ETC

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